Colombianos orgullosos de su Ejército

Hoy, desde tempranas horas,  busqué ubicarme en el mejor palco posible para acompañar y atestiguar un momento histórico de la Nación: El Desfile de la Victoria de nuestras Fuerzas Armadas.

Fue difícil, créanme, caminé innumerables cuadras atestadas de colombianos de todas las clases y condiciones; miles y miles de niños, jóvenes y adultos mayores; un promedio de edad, para mí sorpresa, de 30 años.

Vi familias ubicadas a la vera consumiendo viandas mientras agitaban banderas, vi padres llevando a sus niños en hombros, parejas, señoras, punkeros, LGTBI, toda la variedad de nuestro pueblo. Mi palco maravilloso fue el trozo de una acera en una calle bogotana, compartida con seres humanos conmovidos y admirados, tratando de ver entre la multitud.

Las Fuerzas Armadas de la Patria marcharon orgullosas, triunfantes, enhiestas y muchas veces sonrientes. A muchos les escuché gritar: ¡esto es por ustedes! entretanto desde la multitud surgía una voz aislada que se sumaba a otra, y a otra, hasta formar espontáneamente un rugido esplendoroso: GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS.

Al verlos reflexionaba sobre otro tipo de grandeza, la disciplina y el sometimiento cabal al régimen constitucional, la obediencia al gobernante elegido democráticamente, como su comandante supremo, aun cuando a título individual pudiera discreparse de sus políticas.

Unas Fuerzas Armadas, admiradas y respetadas por el pueblo, millares de personas volcadas a la calle del lado de sus instituciones me demostraron que la patria no es una abstracción política, es una realidad humana y sociológica.

Este fue el Desfile de la Victoria, pero si me preguntan diré que fue la prueba incontrastable de la LEGITIMIDAD.