23 días sobreviviendo en la selva

“No me mate, soy el soldado profesional Sánchez Fonseca, estaba perdido”. Estas fueron las débiles palabras que le dijo a su compañero, mientras apuntaban su fusil uno contra el otro.

La vida del soldado Yefer Orlando Sánchez no solo estuvo en manos de la selva, sino también en las del soldado que lo encontró 23 días después de haberse perdido en inmediaciones de los departamentos del Meta y Guaviare.

Con la poca energía que le quedaba, entre el miedo y la felicidad absoluta, sabiamente Sánchez decidió asegurar su fusil, bajarlo lentamente y esperar la respuesta que tanto había anhelado: lo estábamos buscando.

Asombrado de sí mismo cuenta cómo logró sobrevivir en medio de la la maraña, el calor y la humedad de la espesa selva que lo rodeaba.

La brigada móvil n.º 7, de la cual es orgánico, realizaba una operación de control territorial para la verificación y destrucción de artefactos explosivos. El cansancio de la jornada y el peso del equipo lo agobiaban. Se inclinó con cuidado y respiró profundamente. La tarde caía poco a poco y la manigua se tornaba más oscura. Al levantar la mirada, de nuevo incorporado, perdió de vista al dragoneante, quien conocía el camino y guiaba a la tropa.

Aceleró el paso creyendo que estaba cerca de alcanzarlos cuando encontró un palo atravesado y pensó:

– Por aquí no pasamos…

El ruido de la naturaleza y la oscuridad eran su compañía en ese primer momento. El soldado Sánchez advirtió que estaba perdido y solo.

En casos como estos, la Escuela de Soldados Profesionales, Espro, le enseña a los soldados a mantener la calma, buscar una cubierta de protección y esperar que vuelvan a buscarlo.

– En mi caso fue diferente, estaba muy perdido. Intenté regresar al sitio de partida, pero lo que hice fue perderme más.

Entrada la noche no había señal alguna de su pelotón, la opción fue “rangerazo”, improvisar con hojas un lugar donde dormir ya que, como iba a regresar a unidad, no tenía equipo de campaña, solo el poncho, el machete y la cantimplora. La primera noche transcurrió en vela y con hambre.

Los días pasaban entre largas caminatas para encontrar un claro o la ribera de un río que lo pudiera guiar. Pequeñas pepas de los árboles, coquillo y grillos sirvieron de alimento durante 23 días. El agua era difícil de conseguir, pero la lluvia brindaba un alivio para el cuerpo sediento y cansado.

– Cada día era una experiencia muy dura. Estaba angustiado pero tranquilo de saber que me estaban buscando.

Los compañeros inseparables de Sánchez fueron el fusil y las oraciones. El primero le daba la seguridad tangible, lo limpiaba todas las noches y lo mantenía preparado. El segundo era la fortaleza que lo incentivaba a seguir resistiendo y esperar una nueva oportunidad para abrazar a su madre y portar el camuflado con orgullo.

Sigiloso entre los bejucos de la inmensa selva identificó a algunos de los hombres contra los cuales su entrenamiento pudo ser empleado. La fuerza solo le alcanzó para esconderse, pero su aguerrido corazón hacía que continuara luchando hasta el final sin importar cuál fuera.

Para Sánchez solo parecía que hubieran transcurrido 11 días. Las caminatas, el hambre, la sed y el mismo paisaje lo hacían perder la esperanza. Las lágrimas corrían por sus ojos mientras le reclamaba a Dios por el destino que estaba viviendo. Arrepentido pidió perdón y continuó el camino con la certeza que hay que luchar hasta el final.

Sin escuchar ningún sonido que lo alertara, sucio, flaco, barbado y deshidratado recobró la vida que parecía irse. La misión de los 500 hombres de la Fuerza de Tarea Conjunta Omega concluyó ese inolvidable 28 de marzo de 2016. Con la sorpresa de no solo encontrarlo con vida, sino también que llevara consigo el pesado equipo.

– Nunca pensé botarlo, al contrario las amarraba bien para que no se me fuera a caer o a perder nada.

En un hospital de San José del Guaviare recibió atención médica y se fundió en un abrazo interminable con el motivo que lo mantuvo en pie: su madre. Ella, con 7 hijos más, de origen campesino, humilde y sencillo, viajó para encontrarse con el menor de los hombres de su casa.

El ancestro de Belén, Boyacá, es el joven soldado héroe de la Batalla de Boyacá, Pedro Pascasio Martínez. Ahora Sánchez también honra a su tierra.