“Amor en la distancia y amistad en la selva”

Lo que relato en este escrito es producto de la vivencia que por más de diez  años como soldado profesional he experimentado cada año durante la celebración del día del Amor y la Amistad; tal vez no tenga importancia para muchos, pero para mí este día es  tan importante como la navidad o el cumpleaños de mi hija, porque fue en una fecha como esta donde conocí el verdadero sentimiento del amor y el valor de la amistad.

Todo inicio en una pequeña vereda llamada Las Mercedes, enclavada en las montañas del municipio de Sardinata-Norte de Santander. En ese momento nos encontrábamos patrullando por los alrededores de este sector prestando seguridad al pueblo para que sus habitantes pudieran celebrar dicha fecha con tranquilidad y aunque existía una fuerte presencia de grupos armados ilegales en el lugar, estábamos empeñados en hacer todo lo posible para que la calma reinara en esta fecha.

En ese momento me encontraba un poco inquieto debido a que días antes había recibido una carta de la mujer que fue mi novia de toda la vida; para el año de 1.999 las cartas y la emisora del Ejército que lográbamos sintonizar, de vez en cuando en las entrañas del monte, eran la única forma de comunicación que teníamos con nuestros hogares, y sabiendo lo difícil del trayecto desde Palmira – Valle del Cauca hasta Las Mercedes – Norte de Santander, supuse que la carta había sido escrita dos o tres semanas antes de llegar a mis manos.

Aquellas letras menudas que expresaban sentimientos alegres lograron inquietar mi mente, pues en ellas mi novia me decía que tenía que contarme algo muy importante, pero que debía hacerlo frente a mí para ver que reacción tomaría, porque esto sería algo que cambiaría el rumbo de nuestras vidas.

Por mi mente pasaron muchas cosas, pensé que la distancia y el tiempo nos habían jugado una mala pasada y veía cerca el fin de nuestro amor y aún no lograba concebir que todo estuviese a punto de acabar.

Rosero, mi compañero y lanza desde que preste el servicio militar vio la tristeza en mi rostro y como siempre trato de sacarme una sonrisa ante la duda, ya que ese era su fuerte en momentos difíciles y siempre lo había logrado incluso cuando la fatiga de patrullar nos ganaba, pero en esta ocasión no lo logró.

Los días pasaron y por fin llegó el día de amor y amistad. Mi trabajo me exige estar siempre preparado para que la gente disfrute, este alegre y contenta, gozando de la seguridad que le debemos brindar sin importar que pase debajo de nuestro camuflado.

Así fue que esa tarde iniciamos el dispositivo de seguridad para la fecha, nuestra misión era asegurar un cerro dominante sobre el pueblo desde el cual las Farc habían iniciado una escalada terrorista el año anterior, acabando con la fiesta en esa ocasión y que esperábamos este año no se repitiera, decididos a evitar cualquier cosa que dañara la alegría de los habitantes. Iniciamos el ascenso hacia el cerro, mi lanza Rosero punteaba la escuadra como de costumbre, algo que mostraba siempre ese valor que lo caracterizó desde que lo conocí.

Todo era normal hasta el momento, cuando repentinamente un estruendo ensordecedor rompió la calma y dio paso al caos, reaccionamos como nuestro entrenamiento nos había indicado. Una vez protegidos al pasar unos minutos esperando atentos a que iniciara el combate, nos dimos cuenta que solo había sido una mina que habían dejado instalada para evitar que llegáramos hasta el sitio. Pero la calma no duro por mucho tiempo.

Al ver que todos mis compañeros estaban bien, me sorprendió que Rosero no viniera a ver cómo estaba ya que siempre acostumbramos a cuidarnos mutua mente; grande fue mi sorpresa al ver a mi amigo tendido en el piso como dormido, de inmediato corrí hasta él sin importar que pudiesen haber más minas sembradas a su alrededor, lo tomé entre mis brazos y sin poder evitar que corrieran lágrimas por mi rostro, le grite ¡Lanza hábleme, hábleme, qué tiene! y para sorpresa mía y de todos, este abrió sus ojos con una mirada desconcertada y se levantó milagrosamente como si nada y dijo riéndose: “gracias Dios mío, hoy no era mi día” y remató diciendo al verme “deje de chillar que parece una quinceañera sin fiesta”.

Luego de reponernos del susto y de reportar al Batallón el incidente, nos dimos cuenta que Rosero estaba increíblemente bien y que no le había pasado mayor cosa, pero sin embargo un helicóptero que estaba abasteciendo las bases cercanas ya estaba en camino para evacuarlo y llevarlo hasta el hospital para descartar cualquier otra secuela de la mina.

Pero esa no era la única novedad de ese día, mientras esperábamos el helicóptero, el radio operador empezó a llamarme desesperadamente para que escuchara un conversación que estaba teniendo el Comandante de mi Batallón con el Comandante de mi escuadra; anonadado quedé cuando escuché que le estaba dando la orden de evacuarme de inmediato para que me sacaran junto con Rosero del área en el helicóptero que venía, porque acababa de ser papá y me habían dado permiso para que fuera a conocer a mi hija en Palmira.

No lo creía, entre abrazos y felicitaciones de mis amigos, mi mente estaba a kilómetros de distancia junto a mi novia y mi hija que me esperaban con ansias, la chispa del amor brillaba más que nunca  en mi corazón y fue en ese instante de mi vida en el que verdaderamente sentí con mayor intensidad que era el verdadero amor.

¡Llegó el helicóptero! y de inmediato salí corriendo a embarcar con tal emoción que casi se me queda Rosero en el camino, pero al llegar a la puerta el piloto de inmediato nos dijo que solo había un cupo en la nave, que debíamos decidir quién se iba primero y que el otro saldría al día siguiente temprano en otra nave que vendría a recogerlo. Rosero me vio con esa imborrable sonrisa de su cara y entre el fuerte ruido de las hélices me grito: ¡hágale compadre, me saluda a la comadre y me le da un beso a mi ahijada!, sin decir más se dio la vuelta y se apartó corriendo del helicóptero y el piloto de un tirón me subió y sin esperarlo, en ese día lleno de sorpresas, tuve la fortuna de descubrir una verdadera y fuerte amistad.

Hoy mi hija tiene diez años, nació precisamente ese día de amor y amistad, cumplo siete años de feliz matrimonio con la que en ese entonces era mi novia y Rosero, por supuesto es mi compadre.

Estas son las aquellas historias desconocidas que ocurren día a día en cada rincón del país, protagonizadas por hombres y mujeres vestidos de honor que trabajan por un mejor país con Fe en la causa.

SLP. Jesús Alberto Tarazona BRIM 6